Opinión | Saudade
Por: Guillermo Casalins F.I.A
La saudade es una expresión portuguesa que va más allá de la mera nostalgia. Es un sentimiento más profundo, ya sea por la lejanía de la patria, de las personas queridas o, en este caso, de una profesión que se ama profundamente y que ya no se puede ejercer.
La aviación es algo que nos gusta a casi todos, y no se refiere solamente al vuelo, sino también a la máquina y al medio en general: la gerencia, la oficina de operaciones, los mecánicos, los despachadores y la cuadrilla que carga y descarga los aviones en tiempo récord, sin olvidar, por supuesto, a los controladores aéreos.
Hace poco recibí una carta de un piloto aviador que conozco desde hace muchos años, cuando ambos trabajamos para una empresa aérea de carga local. Aunque volábamos equipos diferentes, siento una gran admiración por él, por su profesionalismo y su capacidad de servicio.
Es un exmilitar con todas las de la ley. Cuando iba a las regiones más apartadas y olvidadas del país, todos sabían cuándo iba a bordo, porque las autoridades locales salían a recibirlo para saludarlo y pedirle algún favor: el traslado de algún enfermo, un militar o policía en descanso que hacía muchos días no veía a su familia, o simplemente una encomienda urgente de la alcaldía o gobernación hacia la capital del país.
Dejó un gran legado en la compañía y, sobre todo, en los pilotos que entrenó en simulador y en vuelo en esas rutas que ningún otro quería hacer.
No me voy a extender. Espero que todos leer y sientan el cariño de este gran aviateur por lo que ha hecho durante casi toda su vida profesional, siempre con mucho amor y dedicación. A continuación, comparto sus palabras exactas.
La realidad del aire en la Colombia profunda
Por: Capitán Javier Pedroza Machado
Comencé mi experiencia como piloto de carga a inicios de los años 80, cuando el legendario C-47 —para los que vestíamos el uniforme de la Fuerza Aérea— o DC-3 —para los que lo hacían desde el ámbito netamente civil— surcaban los cielos de todo el territorio nacional. Estaba convencido de que todos los pilotos de esa época teníamos la misma ilusión de tener entre nuestras manos ese gran coloso del aire que nos enseñó a volar, a sentir la verdadera pasión de lo que era el privilegio del vuelo.
Pero no solo era el sueño de volar; era sentir la alegría de que lo que transportábamos en el interior de nuestros aviones hacía que los compatriotas más olvidados de nuestra geografía esperaran nuestro arribo con verdadero anhelo y esperanza. Eso era maravilloso.
Para mí, ese tiempo que volé por los "territorios nacionales", como se les conocía en ese momento, fue la experiencia más enriquecedora. Impregnó mi carácter de una visión más profunda de la realidad de mi patria, una visión que me acompañó por todo el tiempo que pude ejercer mi pilotaje.
El faro del servicio estatal y su desaparición
No quiero entrar a criticar qué se hizo bien o mal para perder el verdadero faro de servicio que se cumplía con la empresa estatal; lo cierto era que los que volábamos en esa época nos sentíamos orgullosos de aportar un granito de arena al desarrollo de esas zonas apartadas y olvidadas de nuestra geografía. Llevábamos suministros, combustibles, medicamentos, sueños e ilusiones. Y lo más importante: colaborábamos con el transporte de sus productos regionales para realizar un verdadero intercambio comercial que les representara progreso.
Pero todo eso desapareció de un plumazo, como sucede con muchas cosas buenas que desaparecen sin ton ni son. No sirvieron las iniciativas para hacer realidad que la empresa estatal convirtiera sus bases en verdaderos puntos de desarrollo, sirviendo de puente entre los colonos oprimidos por los intermediarios y el Estado. Vi cómo se enriquecieron los que llegaban a explotar esa ausencia de Estado y a la vuelta de uno o dos años eran potentados del lugar, sumiendo a los pobladores en la desesperanza y la tristeza de seguir luchando contra la corriente.
Terminada mi jornada en la empresa estatal, seguí mi viaje en aviones legendarios que aún prestaban ese servicio a la comunidad, como el C-54, el DC-6 y el poderoso C-130. Me convencí de que los que operábamos ese tipo de aviación seguíamos conectados con la realidad doliente de un territorio olvidado. Cada vez que transportaba plantas eléctricas, volquetas, maquinaria, parques infantiles, tejas o enseres —que representaban bienestar para esas comunidades— sentía una felicidad infinita producida por la sonrisa de los niños y el agradecimiento de los adultos. Con ello hacíamos realidad sueños inalcanzables e ilusiones cumplidas. Somos pocos los que podemos sentir esa satisfacción que produce el hacer el bien, aunque sea de esa manera.
Carguero de corazón: Enfrentando la geografía agreste
Al terminar mi estadía en la Fuerza Aérea, tenía la opción de seguir ejerciendo mi vocación de vuelo en alguna empresa de pasajeros, corporativa o en cualquier otra donde seguramente el vuelo fuera más placentero. Pero no; creo que nací carguero de corazón. Así que entré a una empresa de carga que suplía la ausencia que dejaba el Estado en los lugares apartados del país. Vi con optimismo que podía continuar mi relación con la gente del común, con los pequeños empresarios que le apostaban a desarrollar sus regiones con los productos propios de su entorno, como el pescado y otras materias primas con las que se rebuscan el diario vivir.
Sin embargo, tras veinte años volando solo carga, entendí por qué mi país no tiene el desarrollo que nos lleve a ser una nación mejor: estamos de espaldas ante la realidad de más de media Colombia. La topografía de nuestra patria es mucho más agreste de lo que podemos conocer y entender. Al no existir medios de comunicación terrestre óptimos, la conectividad se fractura. No ha habido ni habrá voluntad de Estado en desarrollar vías básicas, así sean terciarias, para unir esa parte olvidada.
Por esa lamentable razón, comprendí que los empresarios que arriesgan sus capitales en sacar adelante empresas aéreas de carga asumen una inversión difícil. No pueden sacrificar aviones nuevos para cubrir esas rutas olvidadas, porque esas aeronaves modernas están hechas para pistas medianamente bien construidas. Nuestros aeropuertos regionales carecen de una infraestructura adecuada en sus pistas, plataformas y calles de rodaje, no siendo lo suficientemente aptos para la operación en muchos casos.
Los Titanes del aire y la necesidad de infraestructura
A pesar de todo, algunos empresarios se convierten en verdaderos titanes que hacen posible lo imposible y creen en sus compañías. Y aún más titanes llamo yo a esos pilotos que a diario arriesgan sus vidas tratando de cumplir con esa misión sagrada de servicio autoimpuesta. Muchas veces nos vemos abocados a pelear con el mal tiempo, la falta de radioayudas, el mal estado de las pistas y la misma situación de orden público. Pareciera que todo se interpone para evitar que llevemos bienestar a esos lugares recónditos.
Pero la compensación a ese sacrificio sí existe. Vive en la gratitud demostrada por la gente que se beneficia de nuestra presencia, en el cariño con que a diario esperan el arribo del avión de carga, porque no solo transportamos comida o enseres, sino la ilusión de todo un pueblo. Eso es lo que representa la aviación de carga: "DESARROLLO y BIENESTAR". Pilotos, despachadores y agentes nos convertimos en una misma familia con un solo interés de servicio comunitario.
Por eso estoy convencido de que nuestra aviación de carga no es para todos los pilotos. Es solo para aquellos románticos que surcan los aires de Colombia para disfrutar del paisaje natural de la selva convertida en una fantasía verde; de los hermosos ríos que, como venas gigantes, irrigan nuestros valles; de las imponentes montañas que se elevan como guardianas. Eso es lo que llena de alegría y pasión para seguir volando una y otra vez nuestro hermoso cielo azul. Es para aquellos que aprenden a disfrutar de la deliciosa gastronomía regional y que se regocijan al ver a los niños ensimismados observando con ilusión nuestras máquinas voladoras. Todos esos intangibles son los que nos impulsan a continuar, día tras día, haciendo lo que yo llamo la verdadera construcción de la patria.
Un llamado urgente al Estado
Quisiera expresar mi admiración y respeto a esos pilotos que continúan elevando sus aeronaves llenas de enseres e ilusiones para posarlas en los sitios más sensibles de nuestro territorio. Los invito a que nunca se desanimen, porque lo que están aportando es una misión sagrada y poco valorada. Siéntanse importantes, privilegiados y premiados por la vida.
Cuánto quisiera que la presencia del Estado se manifestara más hacia esa Colombia olvidada, que sus organismos miraran con una visión mucho más clara el futuro de nuestras regiones apartadas. Si no es posible la construcción de vías terrestres, se debería invertir una cantidad sustancial de recursos en la infraestructura aeroportuaria y en facilitar la tramitología para hacer crecer la industria aeronáutica regional.
Todo esto parece ser utópico, pero algún día —ojalá no sea muy tarde— tendremos que concientizarnos de que es imperativo hacerlo, o estaremos destinados a ser siempre un país tercermundista.
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